• Javi Prieto

"Esto no puede ser para mí…"

Esta frase empieza el relato de muchas vocaciones porque tendemos a pensar que Dios se equivoca – la ignorancia siempre es atrevida –, y que todo lo que somos y lo que hemos venido haciendo choca con el “modelo” de seminarista (permitidme que lo haga desde la vocación sacerdotal, por defecto de fábrica, pero creo que podéis aplicarlo el paralelo a todas las demás vocaciones). Pero la dura – y fantástica – realidad nos demuestra que nos equivocamos, que Dios nos conoce mejor y que todo lo que en nuestra vida es bueno no es un impedimento vocacional sino materia prima al servicio de nuestra vocación (o eso voy a intentar contaros).


Punto de partida de esta historia: todo (sumo) sacerdote está tomado de entre los hombres (Hb 5, 1), malas noticias señores, no hay que nacer con un empaquetado especial – ralla al lado o las manos juntas para rezar –, el Señor nos llama de entre los hombres, uno más entre muchos iguales, no por nuestros méritos sino porque Él – y solo Él – quiere.


“Vale, acepto que me llama, …”

El paso siguiente de muchos relatos vocacionales, al menos el mío, es la lista de cosas por las que no puedes ser seminarista (o siendo sinceros “la lista de cosas que no estás dispuesto a poner en juego por el Señor”), os traigo tres: “uff con lo que me gusta a mí salir a divertirme”, “ay, si yo soy muy débil, no valgo para esto” y una de mis favoritas “¿y mi familia, mis amigos?”.


Primera mala noticia para aquellos que descarten su vocación por la primera opción: ¿te gustaba la alegría, divertirte, disfrutar de las cosas buenas de la vida (las que de verdad lo son)?, pues perfecto porque...

muchos publicanos y pecadores se sentaron a la mesa con Jesús” (Mc 2, 15).

La vocación sacerdotal es para ser vivida en comunión, compartiendo vida y mesa, disfrutando de la alegría con la gente que se acerca a escuchar de tu boca el mensaje de Jesús.


Segundo dato desalentador: Jesús no se suele fijar en los perfectos (¡lástima!). No tuvo mejor idea que decirle al valiente Pedro, que lo negó en el peor momento, apacienta mis ovejas (Jn 21, 16), así que si te consideras débil o frágil quizás el Señor espere sacar provecho para muchos de tus fragilidades, de tus experiencias de superación, de cómo venciste – con su ayuda – a esta tentación o aquel pecado.


Y la mejor, la excusa de aquellos que tienen tan alto concepto de la amistad que temen ponerlo en riesgo entrando al “desconocido” mundo del seminario.

Para estos viene la peor parte, si amas a tus amigos, si al hablar de felicidad te vienen a la cabeza los momentos de auténtica amistad puede que al final vayas a ser el candidato perfecto pues Jesús no tuvo mejor frase para “ordenar” a sus apóstoles que llamarlos amigos (Jn 15, 15).


La amistad es seguramente la relación humana que mejor expresa la vocación sacerdotal, la entrega desinteresada de todo lo que somos a otro (en este caso a Dios, y por Dios a los hombres) sin esperar nada de él para compartir vida y camino, o al menos – como nos pasa a la mayoría – intentarlo.

Dicho todo esto, volvamos al principio ¿esto no puede ser para mí…? O a lo mejor sí…. ¡No cierres nunca la puerta al camino de tu felicidad!

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