Llamado por Cristo

Hay dos formas de vivir: desde sí y para sí, o desde otro y para los demás. Ambos modos de existencia se expresan con sendos verbos en castellano: “ir” y “venir”. No es lo mismo vivir diciendo primero “voy”, sólo por iniciativa propia, que vivir como respuesta a la llamada de alguien que te dice “ven”, va delante y te abre camino. No es lo mismo preguntarse “¿qué quiero ser de mayor?”, que plantearse “¿qué estoy llamado a ser?” Uno de los dramas de nuestro tiempo es que hemos perdido la cultura vocacional. Creemos que con nosotros comienza el mundo y que sólo siendo plenamente autónomos seremos más libres y más felices. Sin embargo, si somos sinceros, sabemos por experiencia que este camino a la larga conduce a la soledad, a la insatisfacción y a la tristeza.

 

La fe cristiana nos ofrece una nueva luz para el camino de la vida. Vivir es responder una y otra vez al “¡ven!” renovado de un Dios que está antes y que estará siempre después. Su primera llamada nos la dirigió al crearnos. No vinimos al mundo porque sí, por casualidad o porque nuestro número salió en la ruleta de la fortuna. Existimos porque fuimos queridos, por nuestros padres y, a través de ellos, por el libre amor de Dios. Esto es lo que está detrás de las primeras páginas del Génesis (cf. Gn 1-2). Lo más propiamente nuestro – el ser, la vida – lo hemos recibido, es un don. Las cosas existen por un mandato de Dios, las personas por su llamada. Llevamos en nuestro ser inscrita la voz de una llamada que suena así: “¡ven a la vida, vive!”

 

Esa primera llamada a la vida se prolongó en una segunda, a ser cristiano. Un cristiano nace dos veces: la primera “para morir”, la segunda “para vivir”. Si al nacer entramos a formar parte de una familia concreta, al renacer por el bautismo fuimos incorporados a la gran familia de los hijos de Dios que peregrina en la historia hacia la vida eterna. Entonces la llamada de Dios resonó de nuevo: “¡ven a mí, entra en la Iglesia, sé hijo y hermano, recibe mi Espíritu y mi Cuerpo!”

 

Pero la vocación a ser cristiano no se queda en algo abstracto. Se concreta después en una llamada de Jesús a una vocación específica dentro de su Iglesia y al servicio del mundo: como laicos comprometidos, como religiosos consagrados o como sacerdotes enviados. ¡La tercera llamada! Podemos recordar aquí los grandes relatos de vocación en la Biblia (Abrahán, Moisés, Jeremías o Isaías), y especialmente la llamada de los apóstoles. Cada relato nos ofrece un aspecto de este rico misterio. A veces Jesús mismo lleva la iniciativa, mirando, saliendo al encuentro, llamando directamente, como a los primeros discípulos junto al lago (cf. Mc 1,16-20), a Mateo en el mostrador de los impuestos (cf. Mt 9,9) o a Pablo en el camino de Damasco (cf. Hch 9). Otras veces, son otros quienes llevan a Jesús, como Andrés a Pedro (cf. Jn 1,42) o Felipe a Bartolomé (cf. Jn 1,45-46). Siempre la llamada es la misma: “venid y veréis; ven y sígueme” (Jn 1,39). Su exigencia radical: arriesgarse (cf. Lc 5,4), venderlo todo (cf. Mc 10,21), renunciar a sí mismo (cf. Mc 8,34), no mirar atrás (cf. Lc 9,57-62). Su promesa permanente: “os haré pescadores de hombres…tendrás un tesoro en el cielo” (Mc 1,17; 10,21). Su llamada vence el miedo por la propia pequeñez, por el pecado, por la duda, por el futuro (cf. Lc 1,30; 5,10). La experiencia de esa primera llamada al encontrarnos, de ese amor primero, no se olvida nunca: “eran las cuatro de la tarde” (Jn 1,39). Esta llamada espera una primera respuesta. En muchos es positiva e inmediata: “y al instante lo dejaron todo y se fueron tras Él… se levantó y lo siguió…y vinieron donde Él”; en otros negativa y de huida, como la del joven rico (cf. Mc 10,22).

 

Ahora bien, esta llamada de Jesús, precisamente porque consiste en un “ven y sígueme”, no termina con la primera respuesta a una vocación determinada. Es un camino a recorrer sí tras sí, día a día, paso a paso, tras de Él. Así tuvieron que aprenderlo los discípulos. El camino de Jesús va desde Galilea hasta Jerusalén, desde el entusiasmo inicial a la cruz (cf. Mc 8,31-38; 9,30-37; 10,32-45). Es una llamada a darse cada vez más, “hasta el extremo” de entregar la vida por amor, como Jesús. Esta lógica contradice la nuestra. Por eso, en este camino caben la incomprensión, la decepción, la negación, el abandono e incluso la traición, como vemos en los discípulos. Pero a cada paso del camino el Señor nos sigue repitiendo, como a ellos: “ven, ponte detrás de mí” (Mc 8,33). Y una vez resucitado, habiendo dejado definitivamente atrás la muerte, sigue llamando a sus discípulos a seguirle, ahora enviándolos a la misión: “va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis” (Mt 28,7). Él siempre va delante abriéndonos ahora camino por su Espíritu en el corazón de los hombres y de los pueblos desde los cuales sigue diciéndonos: ¡ven! (cf. Hch 16,9).

 

La escena de Pedro caminando sobre las aguas hacia Jesús es un símbolo de nuestro seguimiento (cf. Mt 14,24-34). Ser discípulo significa salir de nuestra barca (de nuestro yo, seguridades y lógica) y caminar sobre las olas del mal del mundo, fiados de una Palabra que nos dice “ven” y fijos los ojos en Jesús Resucitado. Sólo cuando los apartamos de Él y miramos hacia abajo, hacia las dificultades, nos hundimos, como Pedro. Cuando los volvemos a Él, extiende su mano y nos levanta. Pedro tuvo que ir aprendiendo con dolor y lágrimas esta lección: que por su propia iniciativa y por sus solas fuerzas no podía dar la vida por Jesús si primero no tenía la humildad de ponerse detrás de Él y dejar que Jesús diera su vida por él (cf. Jn 13,36-38). Sólo entonces, tras la dolorosa experiencia de su fragilidad, pudo reparar con la triple confesión de su amor humilde la triple negación de su autosuficiencia y escuchar de Jesús: ¡sígueme! (cf. Jn 21,15-22). La llamada al seguimiento nos hace pasar de nuestro “yo” (“yo daré mi vida por ti”) al “tú” de Jesús (“tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”). Voy porque Él me dice ven.

 

Al final de nuestra vida Jesús pronunciará su última llamada, su último: “ven”. Una oración clásica (Anima Christi), atribuida a S. Ignacio de Loyola e inspirada justamente en el relato de Pedro caminando sobre las aguas, nos lo recuerda: “en la hora de mi muerte, llámame y mándame ir a ti”. Es la última etapa del camino de Jesús: de este mundo al Padre (cf. Jn 13,1). Por eso, la dicha eterna consistirá en esa última llamada: “venid, benditos de mi Padre” (Mt 25,34).

 

La vida entera es así la respuesta a una llamada de Dios siempre renovada: de la nada al ser, del ser a la Iglesia, de la Iglesia a una vocación concreta, de esta vocación a la misión en el mundo, del mundo al Padre. Qué hermoso es vivir diciendo: “Señor, voy, porque me dices ven”. Basta un oído atento para escuchar y un corazón generoso para responder.

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